En su intervención final durante las cuatro sesiones del segundo Consistorio, celebrado en el Aula de las Audiencias Generales, el Papa León XIV retomó los principales temas tratados: no violencia, pobreza, multilateralismo, jóvenes, familia, bien común y guerra, esta última definida no solo como un conflicto entre Estados, sino como resultado de una cultura de poder que utiliza la economía, la tecnología y la religión.

El pontífice anunció que el tercer Consistorio se realizará el próximo año; el primero tuvo lugar en enero pasado. En la última sesión, se dio un espacio de diálogo libre entre los cardenales y el Papa, quien también les solicitó enviar por escrito sus reflexiones sobre los temas abordados.
“Este Consistorio ha sido un momento precioso y no debe quedar como un encuentro aislado”, afirmó León XIV.
Durante las sesiones, tanto los purpurados como el pontífice expresaron su solidaridad con el pueblo venezolano, afectado por un terremoto de gran violencia. “Aseguramos nuestras oraciones por las víctimas, por sus familias y por los que sufren”, dijo el Papa. “Confiemos al Señor también a todos los que están empeñados en el socorro y pedimos que no decaiga la solidaridad de la comunidad internacional hacia esta querida nación”.
El Papa concluyó las sesiones con un “llamado profético a la paz mundial”: “La violencia no tendrá la última palabra”.
“Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. No debemos resignarnos a la violencia, que no tendrá la última palabra. Dios continúa abriendo en la historia caminos de reconciliación y paz”, sostuvo León XIV.
El pontífice expresó su consuelo y esperanza al ver cómo los cardenales, provenientes de Iglesias, culturas y realidades diversas, lograron escucharse mutuamente y buscar juntos lo que mejor sirve al Evangelio. Señaló que su mirada se enfocó en el mundo, reconociendo los sufrimientos causados por las guerras, la violencia, la pobreza y las múltiples injusticias que afectan a los pueblos.
“Dentro de estos dramas han reconocido un sufrimiento aún más profundo: la soledad, las crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad para reconocerse mutuamente como hermanos y hermanas. Es una mirada que no ignora las heridas del mundo, sino que busca sus raíces, identificando, a menudo oculto en ellas, un renovado anhelo de sentido, autenticidad, espiritualidad y comunidad. Muchos hoy buscan esperanza y relaciones verdaderas”, indicó.
León XIV enfatizó que “el perdón rompe la espiral de la venganza”. “Esta es la fuerza del Crucificado resucitado, una fuerza que no destruye al enemigo, sino que hace posible reencontrar a un hermano”.
En ese marco, el Papa retomó el llamado de diversos grupos para profundizar el debate sobre la legítima defensa en relación con la naturaleza de los conflictos contemporáneos. “Esta reflexión merece ser desarrollada con el necesario rigor teológico y pastoral”, añadió. “De un corazón reconciliado pueden nacer palabras desarmadas, nuevas relaciones y una paz capaz de alcanzar también a los pueblos”.
Las heridas humanas y el aumento de los conflictos armados están hoy en el centro de las preocupaciones de la Iglesia, con especial atención al sufrimiento profundo que afecta a los jóvenes, “un sufrimiento que a veces conduce a la desesperación de quitarse la vida”, advirtió el pontífice.
León XIV insistió en la “defensa inviolable de cada persona” y destacó “la insistencia de la Doctrina Social de la Iglesia para que sea cada vez más patrimonio vivo de nuestras comunidades”.
En la parte final de su intervención, el Papa confió nuevamente a los cardenales la responsabilidad en la conducción del camino sinodal, recordando que “la sinodalidad no es un sistema de reuniones ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual. Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento”.
“La verdadera pregunta no es cuántas conversaciones organizaremos, sino qué cualidades evangélicas tendrán nuestros encuentros”, advirtió.
León XIV aseguró que los participantes de los Consistorios —que se celebrarán de forma anual— “van redescubriendo poco a poco su significado más auténtico: no un parlamento o un congreso donde prevalecen opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión”.
“Este es un estilo que estamos llamados a promover en toda la Iglesia, porque cada bautizado, según su vocación y responsabilidad, debe participar en la construcción de la civilización del amor al servicio del bien común”, concluyó el pontífice.
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