Un poco de historia
Detrás de cada salsa clásica suele esconderse una historia sencilla. Las
preparaciones con queso azul comenzaron a ganar popularidad en Francia durante el
siglo XIX, cuando el célebre queso Roquefort —madurado naturalmente en las cuevas de
Roquefort-sur-Soulzon— empezó a utilizarse no solo en tablas de quesos, sino también
para enriquecer salsas destinadas a carnes y aves. Su sabor intenso y su textura cremosa
conquistaron rápidamente las cocinas europeas.
Con el paso de los años, las Pechugas al Roquefort cruzaron fronteras y llegaron a
las mesas de Argentina, donde encontraron un lugar especial en restaurantes, bodegones
y hogares. Aquí la receta adoptó un carácter propio: abundante, generosa en salsa y
siempre acompañada de papas, arroz o un buen pan para disfrutar hasta la última gota.
Hoy sigue siendo un plato que combina elegancia y sencillez. No necesita técnicas
complicadas ni ingredientes imposibles; solo buenos productos, paciencia y ganas de
compartir una comida hecha con cariño. Porque hay sabores que nunca pasan de moda,
y el abrazo cremoso del Roquefort sobre un pollo bien dorado es, sin dudas, uno de ellos.
Hay recetas que nacen para sorprender, y otras que nacen para abrazar. Las
Pechugas al Roquefort hacen ambas cosas. El aroma del pollo recién dorado, la suavidad
de una salsa cremosa y el carácter inconfundible del queso azul convierten un ingrediente
cotidiano en un plato digno de una celebración. Pero la verdadera magia ocurre cuando
esa salsa encuentra un pedazo de pan o una papa caliente… porque ahí empieza el
verdadero festín.

Receta gentileza del Chef Boris Riasnianski Hommerberg – Río Pico, Chubut.
Ingredientes (4 personas):
Para las pechugas
4 pechugas de pollo
Sal y pimienta negra recién molida
2 cucharadas de manteca
2 cucharadas de aceite de oliva
Para la salsa
1 cebolla mediana picada muy fina
2 dientes de ajo picados
50 ml de vino blanco
300 ml de crema de leche
180 g de queso Roquefort
1 cucharadita de mostaza de Dijon
Una pizca de nuez moscada
Pimienta negra
Perejil fresco picado
Para decorar (opcional)
Nueces tostadas picadas
Ciboulette
Preparación:
Dorar las pechugas
1. Secá bien las pechugas con papel de cocina. Salpimentalas por ambos lados.
2. Calentá una sartén amplia con la manteca y el aceite. Cuando esté bien caliente,
apoyá las pechugas sin moverlas durante unos minutos. El secreto está en
dejarlas formar esa costra dorada que concentra todo el sabor.
3. Cuando estén bien coloreadas, darlas vuelta y cocinar el otro lado. Luego retiralas
y reservá.
La salsa
1. En la misma sartén, sin lavar, agregá la cebolla.
2. Cocinala lentamente hasta que quede transparente y apenas dorada.
3. Incorporá el ajo y mezclá durante apenas un minuto.
4. Ahora agregá el vino blanco.
5. Con una cuchara de madera raspá cuidadosamente el fondo de la sartén. Ahí
quedaron los mejores sabores del pollo.
6. Dejá evaporar el alcohol.
7. Incorporá la crema de leche.
8. Cuando empiece a calentarse agregá el queso Roquefort desmenuzado.
9. Revolvé despacio hasta que el queso desaparezca completamente dentro de la
salsa.
10. Añadí la mostaza, una pizca de nuez moscada y pimienta negra.
11. Probá antes de poner sal, el Roquefort ya aporta bastante.
12. Volvé a colocar las pechugas dentro de la salsa.
13. Tapá la sartén y cociná unos 8 a 10 minutos a fuego muy bajo.
14. Las pechugas terminarán de cocinarse absorbiendo todos los aromas de la salsa.
15. Antes de servir espolvoreá perejil fresco y, si querés darle un toque especial, unas
nueces apenas tostadas.
¿Con qué acompañarlas?
Papas rústicas al romero.
Puré de batatas bien cremoso.
Arroz blanco con manteca.
Mucho pan casero, porque dejar salsa en el plato sería casi un pecado.
El consejo Cacharpayero
Si el Roquefort te parece muy intenso, mezclá mitad Roquefort y mitad queso azul
suave. Vas a conseguir una salsa más delicada, igual de cremosa y perfecta para quienes
recién empiezan a enamorarse de estos quesos.
La cocina no siempre necesita ingredientes caros para emocionar. A veces
alcanza con un buen pollo, un queso con personalidad y el deseo de cocinar para quienes
queremos. Porque una mesa compartida vale mucho más que cualquier banquete, y
cuando la salsa invita a mojar el pan, sabés que hiciste las cosas bien.
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